Durante años, iglesias y líderes juveniles se han hecho la misma pregunta:
¿por qué tantos jóvenes dejan la iglesia justo cuando entran a la adultez?
La respuesta no es simple, pero los datos nos obligan a dejar de especular y comenzar a reflexionar con seriedad.
Un estudio realizado por LifeWay Research, citado en la revista Enfoque de nuestro tiempo (Año 41, N.º 1), revela una realidad preocupante:
el 66% de los jóvenes que asistieron regularmente a una iglesia protestante durante su adolescencia dejaron de hacerlo por al menos un año entre los 18 y 22 años.
En términos simples, 2 de cada 3 jóvenes se alejan de la iglesia al iniciar la universidad o la vida adulta temprana.
¿Cuándo empieza realmente la desconexión?
La desconexión no ocurre de un momento a otro. El estudio muestra que comienza antes de que el joven “se vaya” formalmente:
A los 17 años, el 69% aún asiste regularmente.
A los 18 años, la asistencia baja al 58%.
A los 19 años, solo el 58% continúa asistiendo.
A los 20 años, apenas el 33% sigue en la iglesia (1 de cada 3).
Esto revela que muchos jóvenes siguen presentes físicamente, pero ya están desconectados emocional y espiritualmente.
Los motivos: más allá de la rebeldía
Contrario a lo que a veces se piensa, la mayoría no se va por rebeldía ni por rechazo directo a la fe. Las principales razones identificadas son:
34% se mudó por estudios
32% sintió juicio o hipocresía
29% dejó de sentir que la iglesia era importante
25% tuvo choques ideológicos
25% comenzó con responsabilidades laborales.
Estos datos muestran que el problema no es solo doctrinal, sino relacional, emocional y contextual.
¿Lo tenían planeado?
Uno de los hallazgos más reveladores del estudio es que:
71% de los jóvenes no planificó alejarse de la iglesia
Solo 29% tomó una decisión consciente de hacerlo
Esto indica que la mayoría no decidió irse, simplemente se fue desconectando a medida que cambiaban sus prioridades y circunstancias.
¿Algunos regresan?
Sí, pero no la mayoría:
69% no regresa
Solo 31% vuelve o asiste al menos dos veces al mes
Esto confirma que cuando un joven se aleja, la probabilidad de retorno es baja, lo que hace aún más urgente el acompañamiento antes de que ocurra la salida.
Más que estadísticas: una llamada de atención
Estos datos no están para señalar a los jóvenes, sino para invitar a la iglesia a evaluarse:
¿Estamos formando solo asistentes o verdaderos discípulos?
¿Escuchamos las preguntas difíciles o solo repetimos respuestas?
¿Acompañamos la fe durante la transición a la universidad y al trabajo?
¿Ofrecemos espacios seguros para dudar, dialogar y crecer?
La juventud no está rechazando a Dios, sino muchas veces una experiencia de iglesia que no logra conectar con su realidad.
Conclusión
La pregunta no debería ser solo “¿por qué se van?”, sino:
¿qué estamos haciendo —o dejando de hacer— para que quieran quedarse?
Las cifras son duras, pero también son una oportunidad para repensar el discipulado, el liderazgo juvenil y la forma en que vivimos el evangelio como comunidad.
Porque cuando un joven se va en silencio, toda la iglesia debería detenerse a escuchar.
Fuente:
LifeWay Research, citado en Enfoque de nuestro tiempo, Año 41, Núm. 1.
