Un día como hoy, 8 de enero de 1956, cinco misioneros cristianos estadounidenses fueron asesinados por miembros del pueblo Huaorani en la selva amazónica del Ecuador. Lo que comenzó como un intento de contacto pacífico entre misioneros cristianos y una tribu aislada, terminó en tragedia. La historia de la Operación Auca sacudió al mundo hace 70 años y dejó una huella duradera en Ecuador y en las misiones modernas.
El 11 de enero de 1956, Johnny Keenan, piloto de la Mission Aviation Fellowship (MAF), sobrevolaba en un monoplano Piper PA-14 el río Curaray, en el este de Ecuador. Se asomó por la ventanilla en busca de señales de vida y divisó los restos de otra avioneta Piper de color amarillo. Cuando vio el cuerpo de un joven flotando boca abajo en el agua, a unos 400 metros río abajo, agarró inmediatamente la radio para informar el hallazgo. A unos 80 kilómetros de distancia, Marjorie ‘Marj’ Saint, esposa de Nait Saint —piloto del Piper amarillo—, recibió la llamada de Johnny junto a otras tres mujeres.
Ese mismo miércoles por la noche, los indígenas quichuas que estaban participando en la búsqueda y que conocían a Ed McCully, el estudiante de derecho recientemente convertido en misionero, identificaron su cadáver. Como la corriente del río no les permitió recuperar el cuerpo, tomaron su reloj y arrojaron a la orilla una de sus zapatillas (talla 13 ½) como prueba visible de que lo habían hallado.El 13 de enero, un grupo de búsqueda formado por soldados ecuatorianos, algunos quichuas, un militar estadounidense y un fotógrafo de la revista Life, Cornell Capa, recorrieron 40 kilómetros de selva a pie y en canoa para llegar al lugar. Allí descubrieron los restos de un trágico suceso: unos pocos objetos personales, una olla de verduras volcada y los cadáveres de cinco jóvenes misioneros.
Eran el paracaidista de la Segunda Guerra Mundial Roger Youderian, Peter Fleming, el profundamente espiritual Jim Elliot, el innovador piloto de la MAF Nate Saint y Ed McCully. El grupo enterró los cuerpos en la selva mientras caía una fuerte tormenta, y Jack Shalanko, un misionero asociado a HCJB que se encontraba allí, escribió más tarde: “Estaban descompuestos hasta quedar irreconocibles. Algunos aún tenían lanzas”.
Los hombres, de entre 27 y 32 años, eran esposos y padres de un total de 8 hijos de 7 años o menos y de un bebé que nacería dentro de un mes. Compartían un fuerte deseo de compartir las Buenas Nuevas de Jesús con aquellos que nunca habían oído hablar de Él. Así pues, la “Operación Auca” había llegado a su fin… ¿o no?
Una jungla muy peligrosa
La idea de la Operación Auca surgió en las mentes de Saint, Elliot, McCully y Fleming. Los tres primeros se conocían de su época en el Wheaton College. Saint recibía clases en la universidad, mientras que Elliot y McCully eran conocidos en el campus por ser atletas estrella y por hacer varias bromas. Otros misioneros se referían a ellos como “los chicos de los Hermanos”, ya que trabajaban para los Hermanos de Plymouth. En sus conversaciones, sopesaban la posibilidad de establecer un contacto pacífico con un grupo aislado y hostil de indígenas en el Ecuador, llamados entonces “aucas” (que significa “salvaje” en la lengua quichua de las tierras bajas), pero conocidos hoy como los “huaorani” (que significa “el pueblo” en la lengua de la misma tribu).
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| Nate Saint junto a un mimer de la tribu. / Foto: Dominio público |
Por su parte, el piloto de la Segunda Guerra Mundial, Nate Saint, se había unido a la MAF para servir a los equipos misioneros dispersos por toda la selva ecuatoriana. En medio de esa labor, conoció a Roger Youderian, un misionero que había estado trabajando en la evangelización indígena durante varios años, pero que ya quería regresar a los Estados Unidos. Era miembro de la Unión Misionera Evangélica y había sobrevivido a la Batalla de las Ardenas durante la Segunda Guerra Mundial. Saint, que previamente había conocido a Elliot, McCully y Fleming —y el plan que tenían—, le propuso que se quedara y se uniera al proyecto.
A finales de 1955, unos 500 huaoranis vivían en un territorio que podría corresponder a dos tercios del área total de El Salvador, pero relativamente cerca de donde Elliot, McCully y Saint tenían su base. No obstante, los huaorani se desplazaban con frecuencia y vivían en pequeños claros (espacios despejados) en la selva, por lo que resultaba difícil localizarlos. Muchos forasteros los evitaban, ya que los huaorani recibían a los visitantes con lanzas de 2.5 metros de largo.
Pero, en septiembre de 1955, cuando Saint y Fleming divisaron entre la selva varios claros huaorani, creyeron que podrían utilizar un avión para allanar el camino hacia un contacto pacífico en tierra. Del 6 de octubre al 23 de diciembre de 1955, Saint, acompañado por McCully o Elliot, realizó trece vuelos sobre la zona. Fleming proporcionó apoyo logístico y de oración desde su estación. Saint dejó en tierra regalos como una olla de aluminio decorada con cintas flotantes, botones, pantalones, camisas —ya que los huaorani sólo llevaban taparrabos (guayucos) de algodón—, una cabeza de hacha, cuchillos, fotos y machetes.
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| Jim Elliot (1956) / Foto: Dominio público |
Debido a la aparente apertura de los huaorani y al clima favorable, los misioneros planearon un contacto pacífico a principios de enero de 1956. Un mes antes de la misión, incorporaron a Youderian. El plan se fijó para el martes 3 de enero. Saint transportó a los otros cuatro misioneros al lugar designado, que estaba a seis millas del claro huaorani más cercano.
El viernes 6 de enero llegaron “los vecinos”: dos mujeres y un hombre huaorani. Desde la perspectiva de los misioneros, fue una visita amistosa. Los huaorani probaron hamburguesas y los misioneros compartieron su repelente de insectos con ellos. Uno de los hombres huaorani, Naenkiwi, estaba fascinado con el avión, así que Saint lo llevó a dar una vuelta por la aeronave. Los huaorani eran muy habladores, pero ninguno de los dos grupos entendía mucho al otro.
Contacto peligroso
Los misioneros ignoraban que su contacto con estos tres huaorani les había colocado en medio de un conflicto potencialmente mortal. Naenkiwi quería casarse con una aborigen llamada Gimari, pero su hermano, llamado Nampa, se oponía. Los huaorani, que tenían un historial de conflictos violentos entre ellos, solían matar incluso por cuestiones menos importantes. La ira se redirigió hacia los cinco misioneros, a los que se les llamaba cowodi (que significa “forasteros” o “caníbales”). Años más tarde, Geketa, miembro del grupo de alanceadores, dio su perspectiva de los hechos en una película producida por el Instituto Lingüístico de Verano:
Un día nos sobrevoló un avión. Daba vueltas y vueltas (…). Desde el avión nos arrojaron ropa y cuchillos. Luego nos llamaron: “Vengan, vengan, vengan con nosotros” (...). Algunos de nuestro grupo fueron a reunirse con ellos. Más tarde, la noche siguiente, Nampa montó en cólera por una boda a la que se oponía. Nampa (…) cogió todas sus lanzas y me gritó: “Ven, vamos a matar. Aquí cerca están los cowodi. Recuerda cómo nos advertían nuestras madres cuando éramos niños. Los cowodi siempre han llevado armas y nos han disparado. Ahora es nuestra oportunidad, matémoslos” (...). [Al día siguiente] el avión (...) aterrizó en el banco de arena, entonces salimos con nuestras lanzas a matar.
Otra versión —recogida en testimonios posteriores— sugiere que el detonante inmediato no fue tanto una disputa interna por un matrimonio, sino el impacto de una fotografía. Los misioneros habían llevado imágenes consigo, y en una de ellas aparecían junto a la joven Dayuma, a quien la tribu había dado por muerta. Era la primera vez que los huaroni veían una foto, así que al interpretarla con las categorías que ya asociaban a los cowodi, concluyeron que ellos habían matado a Dayuma e incluso que se la habían comido.
Según este relato, en ese ambiente de temor, Naenkiwi se habría convencido y habría impulsado a los demás a atacar a los extranjeros. Con esa determinación, un pequeño grupo avanzó hacia “Palm Beach” a las 3:00 p. m. y envió primero a tres mujeres para distraerlos; entre ellas iba la madre de Dayuma, afligida y convencida de que los extraños habían hecho daño a su hija. Una de ellas se quedó oculta en la selva, pero las otras dos se dejaron ver.
Elliot y Fleming cruzaron el río para saludarlas, pero fueron atacados por la espalda, y Dekito —descrito como líder de la comunidad indígena— habría sido el primero en lanzar el ataque con su lanza hiriendo a Elliot, quien sacó su pistola pero no hizo ningún disparo contra sus atacantes. Antes de ser herido, Fleming reiteró desesperadamente sus ofertas amistosas y les preguntó en inglés a los huaoranis por qué los estaban asesinando.
Mientras tanto, los guerreros restantes atacaron a los misioneros que se encontraban en la playa. Primero lancearon a Saint y después a McCully cuando intentó detenerlos. Youderian intentó huir hacia el avión con la intención de usar la radio, pero fue asesinado con una lanza cuando alcanzaba el micrófono. La mayoría de detalles coinciden con la narración de Geketa:
Los cowodi estaban en el banco de arena llamándonos. Nampa corrió hacia uno con una lanza. El hombre disparó a Nampa y cayó allí mismo (…). Alanceamos a otro, y mientras corrían, alanceé a dos más (...). El último cowodi nos llamó. “No lances. No lances”. Y entendimos. “Sólo hemos venido a verlos. No vamos a matarlos. ¿Por qué nos matas?”. Estaba de pie sobre un tronco que sobresalía del río cuando Kimu le atravesó el pecho con una lanza y cayó al agua.
Los huaoranis arrojaron los cuerpos y pertenencias de los misioneros al río y destruyeron el revestimiento de su avión. Luego regresaron a su aldea y, temiendo una posible venganza, la quemaron completamente y huyeron a la selva. Aunque otros detalles concretos siguen siendo inciertos, se sabe que aunque el disparo de la pistola que alcanzó a Nampa se hizo al aire, llegó a causarle una herida superficial. No obstante, esta se le infectó tiempo después y terminó falleciendo. En todo caso, los misioneros no opusieron ninguna resistencia organizada y ninguno de ellos intentó salvarse apartándose de sus amigos. El suceso concluyó a media tarde del domingo 8 de enero. El reloj de Nate Saint se detuvo a las 3:12 p. m.
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| Ed McCully, Peter Fleming y Jim Elliot / Foto: Dominio público |
Héroes internacionales
La historia de los cinco misioneros asesinados en Ecuador se difundió rápidamente por todo el mundo y, sobre todo, tuvo un profundo impacto en los evangélicos estadounidenses.
Kathryn Long, profesora de Historia y autora de God in the Rainforest: A Tale of Martyrdom and Redemption in Amazonian Ecuador (Dios en la selva tropical: una historia de martirio y redención en la Amazonía ecuatoriana) y Carolyn Nystrom, escritora independiente, aseguran que, durante el siglo XX, se calcula que 26 millones de personas fueron asesinadas en todo el mundo, en parte, a causa de su fe cristiana. Sin embargo, la mayoría de estas muertes pasaron desapercibidas. Pero las de estos cinco misioneros no; más bien se hicieron ampliamente conocidas, celebradas, casi veneradas. Incluso, décadas más tarde, se siguen produciendo libros y películas, y mucha gente todavía los recuerda. La pregunta es: ¿por qué?
Parte de la razón por la que esta historia resonó en muchas personas reside en el carácter de los cinco hombres y sus esposas. Eran valientes, profundamente espirituales, aventureros y actuaban bajo una genuina preocupación por el bienestar espiritual de los huaorani. Estaban dispuestos a sacrificar sus vidas para librar a esta gente del sufrimiento del infierno y eso es exactamente lo que hicieron.
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La situación resultaba atrayente para el público. Los hombres, con sus esposas e hijos, encarnaban los ideales que los estadounidenses de posguerra tenían para sus propias familias. Los nuevos medios de comunicación mundial permitieron una atención pública sostenida en los primeros días de la difusión instantánea de noticias. La emisora de radio misionera de Quito HCJB transmitió la historia por onda corta, la revista Life envió al fotógrafo Cornell Capa al lugar de los hechos, Reader's Digest publicó la historia e incluyó notas de los diarios de los hombres, y Portales de esplendor, el libro de Elisabeth Elliot, la viuda de Jim, se convirtió en un éxito en ventas. Las revistas destacaron el compromiso de las esposas, ya que cuatro de ellas se quedaron para continuar su servicio misionero.
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| Las cinco esposas y siete hijos de los misioneros. / Dominio público |
Para la gente que buscaba un propósito en un mundo consumido por los temores de la Guerra Fría, la perspectiva eterna de la vida que ofrecía la misión de estos cinco hombres resultaba muy atractiva. Como el historiador Dana Robert ha señalado de otros héroes misioneros, a través de su muerte, estos cinco hombres se convirtieron en misioneros más significativos para su propio país de lo que pudieron serlo para los huaorani. A lo largo de los años, muchas personas han citado este suceso como un factor decisivo para su propia conversión o para su llamado al campo misionero.
Los waorani hasta hoy
¿Qué ocurrió con los huaorani tras la muerte de los cinco misioneros? Previamente, Dayuma había trabajado como informadora lingüística para Rachel Saint, la hermana mayor de Nate, que era miembro del ILV. Gracias a esta huaroni, Rachel y Elisabeth Elliot pudieron acercarse pacíficamente a la familia extensa de ella, incluyendo a los hombres que habían asesinado a Nate y a Jim.
Los huaorani llevaban más de seis décadas de violentas y sangrientas venganzas entre clanes familiares. Los antropólogos James Yost y James S. Boster han calculado que más del 60% de las muertes durante este periodo fueron causadas por esos motivos, lo que convierte a los huaorani en una de las culturas más violentas del planeta. De hecho, según la cultura huaorani, lo obvio es que Raquel y Elisabeth buscaran venganza por la muerte de sus seres queridos. Pero cuando en su lugar hablaron de Dios, le presentaron a la comunidad indígena una forma alternativa de acabar con el ciclo de violencia.
En los 20 años siguientes se produjo un cambio significativo en la cultura huaorani; la mayoría de los miembros de la etnia ya no eran tan violentos como antes. Sin embargo, algunos rezagos permanecen. En 1987, dos misioneros católicos fueron asesinados por guerreros de un grupo de huaoranis no contactado, es decir, que aún permanece sin contacto con la civilización. Además, en 2003 se produjo un trágico brote de violencia en el seno de la tribu.
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En diciembre de 1961, Elisabeth Elliot se fue del lado de los huaorani. Rachel Saint, excepto por unos pocos años, vivió entre el pueblo hasta su muerte en 1994. Ella inició la traducción del Nuevo Testamento a la lengua huao (o wao), que más tarde fue completada por Catherine Peeke y Rosi Jung, miembros del personal del ILV. El antropólogo James Yost y la coordinadora de alfabetización Pat Kelley también aprendieron la difícil lengua huao y pasaron largas temporadas con el pueblo durante las décadas de 1970 y 1980. En 1995, Steve Saint, el hijo mayor de Nate, y su familia vivieron entre los huaorani. Todos ellos han intentado demostrar lo que significa ser cristiano, aunque a lo largo de los años ha habido controversia sobre su incidencia, y la de otros misioneros, en la comunidad indígena.
Para el cambio de siglo, la población huaorani rondaba los 2000 habitantes y se habían enfrentado a una serie de retos como consecuencia de su creciente interacción con el mundo exterior. Algunos de ellos han rechazado el cristianismo tal y como lo entienden, mientras que otros han abrazado la versión limitada del “no matarás”, al mismo tiempo que otros buscan una fe significativa y plena basada en su comprensión de la Palabra de Dios.
A pesar de los retos, la semilla del Evangelio se ha plantado, y hay huaoranis que viven la fe por la que los cinco misioneros dieron su vida hace casi 70 años.
Nota del editor: este artículo está mayormente basado en el artículo Martyrs to the Spear de Kathryn Long y Carolyn Nystrom, publicado por Christianity Today.
Referencias y bibliografía
Martyrs to the Spear | Christianity Today
They Were No Fools: The Martyrdom of Jim Elliot and Four Other Missionaries | The Gospel Coalition
He Was No Fool | The Gospel Coalition








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